A pesar de ser virgen, la mamaba como una experta

Señor Benito era un anciano viudo de 82 años, alto, arrugado y un cerdo de mucho cuidado. Pero los chavales de la aldea lo adorábamos, (nos la chupaba cuando teníamos edad legal para hacerlo) y algunas mocitas también lo veneraban (les hacía cochinadas).

A continuación os pongo dos ejemplos.

Conchita era una pastorcilla, morena, preciosa, con chichos, labios finos, unos ojos azules, grandes que deslumbraban, tenía tetas medianas, el culo redondito, cintura fina, caderas generosas y no tenía maldad. El señor Benito le contó este cuento en el monte debajo de un pino manso:

-Caperucita Roja era una niña cómo tú, Guapa, con un cuerpo que le levantaba la polla a un muerto…

-¡Ay, no diga esas cosas, señor Benito, no diga esas cosas que me pongo colorada! -dijo Conchita bajando la cabeza.

El viejo siguió al ataque. Sabía que cuanta más candidez tenía una jovencita más curiosidad tenía por las cosas sucias.

-Caperucita era un cochina, se metía un dedo…

-¿En la nariz?

-Se lo metía en el coño.

-¡Ay, señor Benito, que el cuento no es así!

-Es mi cuento. Se titula. Las corridas de Caperucita Roja.

-¿Caperucita corría escapando del lobo?

-El lobo le lamía el coño y Caperucita se corría.

-¡Me voy!

Conchita se levantó, pero quedó al lado del viejo.

-¿No quieres que te siga contando el cuento?

-Quiero, pero no debo -el señor Benito le cogió una pierna. ¡Suélteme! ¿Quién se cree que es?

-Tu lobo, Caperucita – Subió sus manos por debajo de la falda hasta coger sus bragas- Tu lobo feroz.

Se ve que alguna amiga le contara lo que le hiciera, ya que en vez de intentar escaparse, le preguntó:

-¿Qué me va a comer?

-El coñito.

Conchita no se movió. El viejo le bajó las bragas y vio su pequeño y virginal coño rodeado por una pequeña mata de vello negro. Lo lamió. Conchita miraba hacia un lado y hacia el otro por si venía alguien. La lengua del viejo era más grande que su coño, parecía la lengua de un perro. Conchita comenzó a derretirse desde la primera lamida.

-Lobo malo, ayyyyyy, lobo cochino, ayyyyyy lobo, ayyyyyy lobo, lobito, ayyyyy que cosas mas ricas me haces…

Al rato las piernas de Conchita comenzaron a temblar. Empezó a jadear y a mear por el viejo. Después de mear, su coño soltó cantidad de babas que el viejo se tragó casi en su totalidad, y no se tragó todas porque a Conchita le fallaron las piernas y acabó echada sobre la hierba, temblando y en posición fetal.

Cómo había dicho, el viejo, también le daba al pescado.

A saber.

Iba Carlitos una tarde por el monte con su escopeta de balines y se encontró con el señor Benito.

-¿Quieres que te cuente un cuento, Carlos? -le preguntó.

Carlitos sabía que se la había chupado a varios amigos suyos y comido a varias amigas e intuyó lo que quería. Fue a su lado y se sentó.

-¿Qué cuento me quiere contar, señor Benito?

-El de un viejo loco por chupar una picha jugosa -le respondió el viejo tocándole la polla.

Carlitos se echó boca arriba sobre la hierba.

-Cuente.

Le quitó la polla y meneándosela le hizo una mamada. Según me contó mamaba la polla de maravilla… La sangre de mi amigo estaba en todo su apogeo, y en un par de minutos le llenó la boca de leche. El viejo tragó cómo un vicioso que era. No dejó que se perdiera ni una gota.

Ya sabéis como era el señor Benito. Ahora paso a contar una historia (real según él) que nos contó en el monte a mí y a Rosa, una mocita bajita, muy guapa, morena, delgadita, con trenzas, pecosa, con pocas tetas, poco culo, que parecía una santa y era una putona.

Comenzó a hablar así:

-El siglo pasado, cuando yo tenía vuestra edad, cruzaba un bosque las noches de los martes, de los jueves y de los sábados para ir a la aldea de Castro de Arriba a follar con una mujer, se llamaba Carmen, estaba casada, era gorda, y lo tenía todo gordo, el coño, las tetas, el culo, las piernas… Era diez años mayor que yo y unos veinte centímetros más alta. Su marido se fuera a hacer las américas. Al llegar a su casa, una casa de dos pisos, cogía una escalera en el pajar y subía a su habitación. Os voy a contar cómo era un polvo con ella… Nada más entrar en su habitación me besaba. No hablábamos, ya que su madre y su padre dormían en la habitación de al lado. Se quitaba el camisón y veía sus tetas, unas tetas inmensas, y su coño. ¡Que coño! Estrechito cómo el de una adolescente, pero eso sí, peludo cómo él solo. Si se lo afeitase se podrían hacer dos pelucas para muñecas. Pelos tenía debajo de los sobacos, en las piernas. Tenía pelos hasta en el culo. Al comenzar a follarme desaparecía debajo de ella. Y siempre, siempre me corría en su culo… Al principio, me corría en la entrada del ojete, después, metiendo la mitad de la cabeza, más tarde con toda la cabeza dentro, y al final se la clavaba hasta el fondo. Mas de una vez se corrió así. Pero os iba a contar cómo era un polvo con ella. Os contaré cómo lo hicimos en uno de los últimos que echamos…. Carmen, me besó, o algo así, ya que su lengua era grande cómo la de una vaca y la mía pequeña. Después me puso las tetas en la boca, unas tetas que eran más grandes que mi cabeza y para rematar cogió mi polla, la metió en el coño y me folló cómo quien folla a un muñeco, con cuidado para no romperlo. Me miraba a los ojos mientras masajeaba sus tetas. Duró muy poco. Al correrse se le pusieron los ojos en blanco y mordió una mano para ahogar los gemidos. Sentí su estrecho coño apretar mi polla y después encharcarla de jugos, jugos que fueron formando una pequeña catarata que bañó mis pelotas, bajó por mi ojete y dejó una charca en el piso de madera. Después de correrse puso mi polla en la entrada del ojete, empujó y la metió toda dentro. Le cogí las enormes nalgas y se las acaricié. Luego le follé el culo. Con sus tetas esparramadas sobre mi pecho me volvió a comer la boca. Al rato oí como su respiración se aceleraba, y lo siguiente que sentí fue su coño latir sobre mi cuerpo y encharcarlo de jugos. Me puse tan malo que le llené el culo de leche. Así, más o menos, eran los polvos que echábamos.

-Ya mojé las bragas -le dijo Rosa, que estaba roja cómo un tomate maduro.

-Espera que esto solo acaba de comenzar. Volvía a mi casa por un camino que atravesaba el bosque y sentí algo así cómo un murmullo de voces. Segundos después vi a un encapuchado con un sudario negro que llevaba una cruz en la mano y un cubo en la otra, detrás de él iban dos filas de encapuchados con sudarios negros cómo el que llevaba el que iba delanteñ Llevaban faroles con velas encendidas, tocaban pequeñas campanillas y rezaban el rosario. Iban descalzos. Al pasar por mi lado se levantó un viento frio. Yo ya estaba arrodillado, rezando, temblando y acojonado cómo jamás había estado en mi vida. El bosque apestaba a la cera quemada de las velas y solo se oían en él los rezos de los difuntos, ya que los animales nocturnos del bosque se quedaran en silencio ante el paso de la Santa Compaña, que era una procesión de almas en pena guiada por un vivo que iba a alguna aldea a anunciar la muerte de alguien. Sentí aullar los perros de la aldea de la que yo venía. ¿A quién le tocaría?

-¡Vaya giro que dio la historia! -exclamó Rosa.

-Y el que va a dar. Al alejarse la comitiva salí de allí dando con los pies en el culo… Solo le conté al cura lo que había visto… Durante tres meses me debatí entre el miedo y las ganas de follar a Carmen. Al final decidí volver a cruzar el bosque. Había cogido otro camino para no encontrarme con la Santa Compaña, pero me los iba a encontrar. Sentí voces de jolgorio. Fui a mirar y en un claro del bosque vi a los de la Santa Compaña, desnudos. Estaban descalzos, sin las capuchas y sin los sudarios. Eran cinco mujeres y quince hombres de pelo negro.Todos eran jóvenes y estaban pálidos cómo lo que eran, muertos. Una de las mujeres, si no fuera porque tenía un cuerpo de escándalo, juraría que era Carmen. Me acerqué temblando de miedo y vi desde detrás de unos arbustos a las almas en pena, reconocí solo a uno, era Secundino, un amigo mío que se muriera sin haber visto un coño delante. Me entró un tembleque en las piernas y comencé a sudar, un sudor frío que hizo que me mareara y casi me hace perder el conocimiento. Secundino no temblaba, no, le estaba metiendo su tiesa polla en el culo a una flacucha con pequeñas tetas que se abrazaba a un pelirrojo que la tenía levantada en alto en peso. Otro joven se la clavaba en el culo al que fuera mi amigo. La que se parecía a Carmen, en delgado, pero con las mismas tetas, solo que duras, ya que casi no se movían al follarla, estaba a cuatro patas y tenía dos pollas en la boca y otra en dentro de su culo. Otra de las chicas era rubia. No vi que cuerpo tenía ya que estaba boca arriba con la polla de un muchacho dentro de su culo, con la polla del otro muchacho dentro de su coño y se la mamaba a otro. Las otras dos también eran morenas y estaban boca arriba follando con un muchacho cada una. Un muchacho, bajito, le estaba rompiendo el culo a otro mucho más alto qué él, y otro, normalito, se la mamaba al último de los quince, que era gordo y de estatura mediana… Me empalmé. La cabeza de arriba me decía que me largara de allí cagando leches y la de abajo que me quedara a mirar. Ganó la de abajo… Comencé a menearla mirando cómo follaban las almas en pena….

Pasado un tiempo, y cómo si se pusieran de acuerdo, las cinco mujeres se corrieron aullando cómo lobas. Sus ojos brillaban con el placer que sentían. Cuatro de ellas arañaban las espaldas de los que los que tenían encima. La que se parecía a Carmen arrancaba hierba con las manos. No sé si el resto se corrieron dentro de los coños, de los culos o de las bocas, lo que sé es que yo me estaba corriendo cuando me dieron un golpe en la cabeza. Al despertar iba descalzo delante de la procesión de almas en pena, con una capucha y un sudario negro y levantando con una mano una cruz y llevando un caldero con agua bendita en la otra. Perdí otra vez la conciencia. Cuando volví en sí estaba sentado al lado de un camino, con mis ropas, calzado y con la espalda apoyada en un pino.

-Eso no puede ser, ahora estarías muerto -le dije.

-Ya, pero resulta que cuando me bautizaron el cura se equivocó y me ungió con aceite de los difuntos, y al volver la luz del día no enfermé cómo enferman los elegidos para presidir la comitiva de las almas en pena. En fin, que fui de día a la aldea de Carmen. Pregunté por ella y me dijeron que había muerto tres meses atrás…

-¡Vaya palo! -le dijo Rosa.

-Si que lo fue, pero la Santa Compaña ya no me asustaba. Era uno de ellos y sabía donde hacían sus orgías…

-¡¿Volvió a follar con Carmen después de muerta?! -le preguntó Rosa

-Si, pero si queréis que termine la historia tenéis que dejarme ver cómo echáis un polvo.

El viejo quería sacar tajada.

-Por mi parte no hay inconveniente -le dije.

-Por la mía tampoco -dijo Rosa.

-Quítale la blusa y el sostén, Quique.

Le quité la ropa a Rosa. El viejo abrió aquella boca, que más que boca parecía un buzón y metió en ella la pequeña teta de Rosa.Yo metí la otra en mi boca. Se las mamamos. El viejo le bajó la falda, le quitó las bragas y las sandalias y le dio una lamida en el coño. Después lo abrió.

-Mira cómo es el virgo de una mujer -me dijo.

Ya sabía cómo eran los virgos, pero cómo tenía ganas de comerle el coño, fui a mirar. Vi el agujerito pequeñito que contrastaba con su abultado clítoris, del que ya salía el glande.

-Come su coño y haz que se corra.

El viejo no era tonto, sabía que si la ponía perra podría besarla en la boca, de otra manera no le dejaría. Pasé mi lengua por los labios de su coñito peludo, luego le lamí el clítoris. Rosa comenzó a gemir. El señor Benito le cogió los pezones rosados con dos dedos cada uno y los acarició cómo si los estuviera enroscando y desenroscando. Rosa se derretía. Lo notaba porque su coñito no paraba de echar jugos blancos y espesos que le llegaban al ojete. Cuando ya sus ojos se comenzaron a cerrar, lamí sus jugos blancos y espesos. Sabían agridulces. El viejo buscó los labios de Rosa, la muchacha le metió la lengua en la boca, levantó la pelvis, la movió de abajo arriba media docena de veces y descargó en mi boca una corrida brutal.

Al acabar de correrse quedó sin fuerzas, pero con una sonrisa en los labios que decía lo genial que lo había pasado.

Sentí la mano del viejo tocar mi polla, la encontró empalmada, me la sacó y me la meneó.

-Chúpasela, Rosa -le dijo.

Rosa, a cuatro patas, cogió mi polla, la metió en la boca y me la mamó. ¡Joder cómo mamaba! Virgen era, pero polla no era la primera que mamaba.

Señor Benito se puso detrás de ella y le comenzó a lamer el culo. Parecía un perro. A Rosa le gustaba sentir como la lengua del viejo entraba y salia de su ojete, lo notaba porque cada vez mamaba con más ansia. Con tanta ansia mamó que me corrí en su boca. Se tragó la leche y siguió mamando para que la polla no se me bajase.

-Métesela en el culo -me dijo el viejo cuando Rosa dejó de mamar.

-La voy a romper, Señor Benito- le dije.

-No creo -me dijo Rosa, sonriendo.

Me puse detrás de ella, le agarré las duras tetas, le acerqué la polla al ojete y noté cómo latía. Empuje y fue entrando sin dificultad, apretadita, pero Rosa en vez de quejarse, gemía con el placer que sentía. Aquel viejo había jugado con ella antes. Con toda mi polla dentro de su culo, el viejo sacó la suya. La tenía más gorda que la mía, pero parecía una tripa de lo blanda que estaba. Rosa se echó de lado y acabó encima de mí con su coño virgen abierto para una cosa gorda que no se levantaba. El viejo cogió la verga en la mano y le frotó el glande en los labios y en el clítoris. Rosa, se volvía loca con el placer sintiendo mi polla entrar y salir de su culo y la otra haciendo estragos en su coño. Se corría sin remedio. Rosa, lo sabía, yo lo sabía, hasta un herrerillo que nos miraba lo sabía, pero el señor Benito tenía otros planes.

-Deja de follarle el culo, Quique.

Al dejar de follarla, Rosa quedó boca arriba sobre la hierba.

-Desvírgala -me dijo el viejo.

Pesé que Rosa se iba a oponer, pero no fue así.

-¿Llegó la hora, maestro? -le preguntó.

-Llegó, cariño.

Subí encima de Rosa, le acerqué la polla a la vagina y de un golpe de riñón le metí el glande. A Rosa se le saltaron las lágrimas, pero no se quejó. El viejo seguía dando órdenes.

-Ahora ponte debajo y que la vaya metiendo ella.

Hice lo que me dijo. Rosa la siguió metiendo milímetro a milímetro. El señor Benito, detrás de ella le follaba el culo con la lengua, lo que atenuaba el dolor.

Unos diez minutos más tarde cuando ya había entrado la mitad de la polla, me besó. Luego vi cómo se le cerraban los ojos… Se corrió cómo un bendita. El señor Benito jadeaba cómo un perro. Le dio con fuerza a su tripa y se corrió con Rosa.

Al correrse se lubricó la vagina y ahora fue Rosa la que la metió de un solo golpe. Comenzó a meter y sacar y en nada se volvió a correr. Ya no pude aguantar, le di la vuelta, la saqué y me corrí en sus tetas.

-¿Acabas ahora de contar la historia de Carmen y de la Santa Compaña, Benito? -le preguntó Rosa limpiando la leche de sus tetas con mi pañuelo.

-Otro día.

El viejo ya se había corrido y no tenía más ganas de fiesta.

Quique.