Fui a cenar con mi familia, aunque no quería mucho lo termine haciendo. Pero me lleve una gran sorpresa y es que jamás me imagine una situación así

Esta noche nos íbamos a cenar todos a un restaurante Chino. A mi no me apetecía demasiado, con 16 años lo que quería realmente era salir con mis amigas, pero tenía que cumplir un castigo por malas notas y no podía escabullirme. Mis padres iban locos intentando vestir a mis dos hermanos pequeños mientras yo me ponía guapa con la esperanza de que, después de la cena, me dejaran salir con mis amigas un rato a bailar.

¡Andrea baja ya! ¡Que se nos hace tarde! – vociferó mi padre desde el recibidor de casa.

¡Ya bajo papá! – terminé de perfilarme los labios, me miré en conjunto al espejo y con una sonrisa me guiñé el ojo a mi misma, me veía preciosa.

Niña, ¿no había ninguna falda más corta? – me dijo mi padre resignado mientras le daba un beso en la mejilla e ignoraba su comentario. A él todavía le costaba asimilar que su pequeña había dejado ya hace un tiempo de ser una niña para convertirse en toda una mujer con un cuerpo escandaloso y una actitud descarada y desafiante.

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El restaurante estaba a tope, pero mis padres habían reservado mesa, así que pudimos sentarnos sin problemas. Mientras mis padres intentaban que mis hermanos se sentaran en sus sillas comencé a observar al resto de mesas y me dí cuenta que había un hombre que no apartaba su mirada de mi. La verdad es que estaba en una edad en la que empezaba a darme cuenta del poder que me otorgaba mi atractivo y lejos de incomodarme me gustaba sentirme observada por ese hombre. En esta época solía sentirme atraida por hombres mucho mayores que yo y este tendría la edad de mi padre y un atractivo fuera de toda duda. La seguridad en sí mismo que mostraban muchos hombres adultos destacaban sobre las inseguridades de los chavales de mi edad y eso me ponía muchísimo.

Mis padres tenían bastante faena con mis dos hermanitos y mis miradas descaradas con ese atractivo desconocido pasaban completamente desapercibidas para ellos.

Tras un buen rato así, me dispusé a ir un paso mas allá y me levanté con la excusa de buscar a algún camarero para pedirle una cocacola. Mi intención no era otra que la de acercarme a ese desconocido para intimidarlo y mostrarle mis encantos adolescentes.

Él no dejaba de mirarme haciendo caso omiso de los otros dos hombres que lo acompañaban en la mesa y con todo el descaro de una niña sin prejuicios le guiñé un ojo y le sonreí pícaramente mientras me contoneaba con una sensualidad desmedida, consiguiendo que, las miradas masculinas que se centraban en mí, se multiplicasen sin remedio. Tras conseguir mi cocacola pasé por su lado rozándolo sutilmente y me fui alejándo lentamente, sabiendo que su mirada estaría focalizada en mi culo y mis largas piernas. Una picardía me pasó por la mente y acto seguido sin cuestionarmela la llevé a cabo. Mientras iba caminando hacia mi mesa cogí, con la mano que tenía libre, mi faldita de vuelo y la levanté. No fue más de un par de segundos pero sabía que le había dado el tiempo suficiente para haberme visto mi precioso culo y eso me había puesto a mil.

Tras sentarme de nuevo observé como me seguía lanzando miradas pero en esta ocasión comenzó a retarme lanzando miradas en dirección al pasillo que llevaba a los baños. Entendí perfectamente al juego que me quería llevar y con una sonrisa cómplice le hice ver que lo aceptaba.

Bebió un largo trago de su copa de vino y se dirigió con parsimonia hacia los baños. El corazón se me aceleró ante mi atrevimiento y segundos después me excusé de mi familia diciendo que tenía que ir al baño. Al entrar en el pasillo allí estaba él, realmente estaba buenísimo y sexy a rabiar mientras se fumaba un cigarrillo y aparentaba una tranquilidad absoluta. Nos quedamos uno frente al otro, soltó una mirada fugaz para comprobar que no había nadie más, me cogió dulcemente de la mano y me metió en el baño de hombres. Sin perder un segundo me llevó hasta uno de los aseos y cerró el pestillo.

El espacio se reducía y podía sentir con fuerza su embriagador olor a perfume masculino. Era un hombre alto y bastante corpulento. Con delicadeza me guió para que me sentara en el water y a partir de ese momento me quedó claro que era lo que él quería y yo, en el fondo, también.

No me andé con titubeos, quería aparentar una seguridad y una experiencia que ni de lejos tenía. Desabroché su cinturón, le bajé la cremallera con cuidado y metí curiosa mi mano en busca de su polla que, con su ayuda, no tardó en aparecer. Sin proponérmelo me encontraba ante la primera polla en vivo que había visto en mi vida. No me tembló el pulso cuando la agarré suavemente con mi manita para sentir su calor y notar como se endurecía y palpitaba; estaba fascinada. Tras acariciarla unos segundos me dispuse a besarla.

Le dí unos besitos lascivos mientras le mantenía la mirada hasta que una de sus grandes manos se apoyó en mi cabeza y supe que había llegado el momento de probar realmente a que sabía una polla.

Internet me había ayudado a documentarme bien en el arte de comer una polla y no iba a desaprovechar la oportunidad de ponerlo en practica. Tras un inicio de tanteo comencé a chuparsela con suavidad pero con ritmo. Mis manos se habían posado en su prieto culo y las suyas me acariciaban el pelo mientras jugaba a meter en cada ida y venida un trocito mas de polla dentro de mí.

Durante la mamada se escuchaba a gente que entraba en los baños pero yo estaba a lo mio con la tranquilidad de saber que nadie podría vernos. En pleno momento de frenesí se escucharon voces claramente reconocibles, mi padre con uno de mis hermanos. Me quede paralizada, el miedo de que me pillaran me atormentaba e interrumpí la mamada. Pero apenas unos segundos después mi maduro desconocido me pego un tironcito en el pelo e introdujo su polla de nuevo, comenzando otra vez pero sintiendo que, en esta ocasión, no era yo quien marcaba el ritmo. Comenzó, literalmente, a follarme la boca, agarrándome de la cabeza con ambas manos y poniéndome en apuros por momentos, sintiendo que nos iban a pillar en cualquier momento.

Sentí de nuevo el silencio en el baño, me relajé de nuevo y volví a centrarme en esa enorme polla que inundaba mi boca e impedía que pudiera respirar con normalidad. Finalmente sentí como el ritmo se aceleraba y se contrajo segundos antes de la gran explosión que me pilló totalmente por sorpresa. Sentí mi garganta inundada de ese espeso liquido amarillento que me provocó unas fuertes arcadas, su polla salió de mi boca y varios brotes de esperma salieron entremezcladas con mi saliva.

Me quedé unos segundos tosiendo e intentando recuperar el aliento mientras él se guardaba la polla de nuevo en su pantalón y me ofrecía un pañuelo de seda para que me limpiara, al tiempo que me decía con voz muy débil pero tremendamente varonil:

– Ha sido increíble pequeña.

Nos quedamos mirándonos unos segundos más, me besó dulcemente en la mejilla y salió del baño.

Yo me quedé un minuto más, sentada en aquel water, hasta que me alcé de valor y decidí salir, con la mala fortuna de cruzarme en la puerta con un hombre.

– Ey nena este es el baño de hombres – me dijo mientras me devoraba con la mirada.

– Disculpe me he equivocado – le dije agachando la cabeza y saliendo a toda prisa para, acto seguido, meterme en el baño de mujeres.

Me lavé la cara, me arreglé el pelo y me adecenté para evitar que mi familia pudiera sospechar alguna cosa. Cuando llegué a la mesa ya estaban en el postre.

– ¿Porque has tardado tanto Andrea? – me preguntó mi madre inquisitiva.

– Me llamó una amiga y…ya sabes – sorteé a decir con acierto.

Volví a mirar hacia mi desconocido y de nuevo me miraba, no solo eso, se había puesto de pie y caminaba hacia mí. Mi corazón se me salía, sudaba de pánico y cuando llegó a nuestra mesa…

– Pedro, ¿eres tú? – dijo un segundo antes de dejar de mirarme y centrar su mirada en mi padre.

– Hombre Fernando, ¡que sorpresa! – dijo mi padre.

– Que bien acompañado te veo – decía mientras dedicaba una mirada fugaz a mi madre y a mí.

– Sí, Jeje la familia al completo, familía este es mi jefe Fernando – decía mi padre completamente ajeno a lo acontecido un rato antes.

Yo me quedé petrificada y ruborizada hasta el extremo. Mi boca todavía sentía el regusto de su semen y aquí tenía a este cabrón saludandonos jovialmente. El saludo no duró mucho y agradecí que así fuera pues estaba muerta de vergüenza.

En el camino de vuelta a casa no dejaba de pensar en lo sucedido. Se la he chupado a un desconocido, casi en la cara de mi familia, y encima ha resultado ser el jefe de mi padre; una tormenta de culpabilidad me recorría aunque, de igual forma, sentía como mi coñito me había dejado las bragas completamente húmedas.

Me moría de ganas de llegar a mi cuarto, desnudarme y dejarme llevar por las vivencias acontecidas esa noche.

La mente de una adolescente es impredecible.