La mujer del decano me deja comerle el coño por miedo

Mi nombre es Cristina, 19 años, sin pareja estable – qué aburrimiento, por dios-,bisexual y muy morbosa. Estudio Derecho vivo en el norte de España, y a continuación voy a relataros cómo ahora que llegan los exámenes finales me las he ingeniado para aprobar sin tocar un libro…

Como mis padres no son ricos, la beca que tengo no cubre más que la matrícula y los gastos de vivir y estudiar fuera de casa son muchos aproveché que físicamente soy – aunque esté mal que lo diga- bastante guapa – alta, delgada, con un buen culo y un par de tetas que vuelven loco a más de uno/a, melena rubia, ojos verdes…- para buscar un trabajo de fin de semana como camarera en un pub de moda, de esos elegantes y de copas caras, orientados a la gente “mayor” – treinteañeros en adelante-. Entre trabajar el finde y quedar con los amigos entre semana, ir al gym, etcétera, el curso lo voy llevando como puedo… Conocía a Mercedes – la mujer del decano- «de vista´´ , de haberla visto con él un par de veces en actos de la facultad, al ir a recogerlo al trabajo o cruzármela en la calle. Es una mujer guapa, elegante, que trasluce clase y dinero de forma casi que automática – ropa de marca, coche de lujo, maneras altivas…-, y la verdad es que pese a ello no me atrajo sexualmente en un primer momento, pese a conservarse muy bien para su edad – 47 años-:

: es alta – en torno a 1’70 metros- , de piel morena de solarium todo el año, pelo cobrizo y rizado en media melena, ojos marrones, piernas torneadas, caderas amplias sin estar gorda, y como luego pude averiguar sin apenas barriga y con un buen par de tetas, de grandes aureolas y pezones jugosos – que ahora sé han dado de mamar a dos hijos ya adolescentes-. El caso es que su cuerpo siempre lo oculta vistiendo de forma elegante pero clásica, sin juagar a seducir con su armario pese a tener motivos para ello. En cuanto a su cara, es de gesto serio, y cuando la he visto con su marido – en torno a sesenta años, un poco más bajo que ella, pero blanco y ralo, barriga prominente- siempre la he visto como relegada a un segundo plano, situándose uno o dos pasos por detrás de su marido y atenta a sus palabras e indicaciones en todo momento. Y es que el decano es un hombre perteneciente al Opus, autoritario y desabrido no sólo con sus alumnos sino hasta con los demás profesores – donde dicen los rumores que tampoco goza de simpatías-.

Como os he dicho, estudio en una localidad lejana a donde vive mi familia, y comparto piso con otras tres compañeras, de las cuales Ana es además de mi compañera de cuarto mi amante ocasional. Soy muy ardiente y necesito sexo de forma habitual, cuanto más morboso mejor, y de ahí viene lo que a continuación os relato.

El mes pasado me encontraba trabajando en el pub un viernes sobre la una de la madrugada cuando entró un grupo de mujeres de cuarenta y pico años. Pidieron champán y se fueron a sentar a una de las mesas que rodean la pista de baile. Fui a servirles, y al hacerlo reconocí a la mujer del decano: vestía tan discreta como de costumbre, pero parecía más desinhibida de lo que nunca la había visto, como si aprovechase que no estaba su marido para soltarse la melena, o más bien lo que la desinhibía era el alcohol que hubiera tomado hasta ese momento. Sea como fuere, saltaba a la vista que el grupo estaba de celebración, y reinaba en ellas un ambiente casi que de euforia, con continuas risas, voces, gritos y exclamaciones… Prestando oído a su conservación mientras les llenaba las copas averigüé que venían de cenar, celebrando el acuerdo de divorcio de una de ellas – que en sus propias palabras la iba a hacer “una libre y rica mantenida el resto de su vida”- , y constaté además que Mercedes no me reconoció – ni reparó en mí, la verdad, y me trató con displicencia, como si en lugar de una camarera fuese una asistenta de su servicio doméstico-.

Yo, que estaba enojada por el trato recibido, que me gusta el sexo dominante y seducir preferentemente a chicos y chicas con pareja – me excita y hace sentir poderosa poner cuernos por doquier- y que además llevo el curso bastante justo, decidí sobre la marcha poner en práctica un plan que de funcionar no solo me iba a dar placer sexual sino ventajas materiales… Tras requerir en un aparte a Danilo, un camarero dominicano con el que me acosté al poco de empezar a trabajar en el pub y con el que me llevo especialmente bien le dije que me sustituyera atendiendo su mesa y que flirteara discretamente con Mercedes al hacerlo: Danilo es un adonis caribeño, mulato de casi 1’90 de alto, piel tostada, pectorales y abdominales marcados sin resultar exagerados, todo ello resaltado por las camisetas blancas ceñidas que constituyen su uniforme de trabajo… Lleva el pelo rapado, tiene una sonrisa deslumbrante y su éxito entre las mujeres es muy alto, por su simpatía además de por su físico – eso, sin contar con que guarda un buen manubrio bajo la bragueta-.

El caso es que durante la siguiente hora, mientras atendía la barra, observé a Danilo atender en repetidas ocasiones a las damas – el champán corría como la espuma-, sonriéndole, riéndoles las gracias, y siendo testigo de sus miradas y cuchicheos cuando les daba la espalda para atender otras mesas. A buen seguro más de alguna de aquellas señoras, casadas o no, estarían encantadas de que mi compañero las llevase al cuarto de la parte trasera que nos hace las veces de almacén, oficina y lugar de descanso, y que en la semioscuridad del mismo les diese lo suyo… pero Danilo, de acuerdo a mis instrucciones, sólo tenía ojos para Mercedes, le sonreía continuamente, y yo veía a la mujer del decano sonrojarse desde la distancia y ser víctima de las bromas de sus amigas. Al cabo de un rato Mercedes se dirigió a los lavabos, y yo, tras cruzar una rápida mirada con Danilo para que fuera tras ella, abandoné mi puesto en la barra y los seguí tan rápida y discretamente como pude. Vi a Danilo llamarla por el pasillo y, diciéndole que los baños estaban momentáneamente cerrados haberse vomitado en ellos, ofrecerse a abrirle los de empleados… Mercedes, con el paso y la sonrisa un tanto inseguras por el alcohol consumido, aceptó tras una breve vacilación. Danilo la agarró cortésmente del brazo con la excusa de evitarle un tropezón con los escalones, la guió al reservado – que abrió con la llave que todos los empleados tenemos- y cerró la puerta tras ellos pero dejándome el paso expedito tras ellos. Tras esperar unos instantes abrí de nuevo la puerta, cerré con llave y ocultándome rápidamente tras un cortinón de raso y sacando el móvil me agaché y me puse a grabar

– Señora, es usted la mujer más guapa que jamás he visto en este local

Eso le decía el zalamero, mientras jugaba con su cabello y acercaba lentamente su rostro al de ella, como si temiese que se asustase. Mercedes parecía bloqueada por la situación, como sin saber qué hacer, o dejarse llevar o poner en su sitio al bello mulato que la adulaba. Pero los nervios, el alcohol y la indecisión jugaron a favor de mi compañero, que al cabo de un instante le estaba besando los labios – y yo tomando cumplida nota de ello-. Tras unos breves morreos, durante los cuales el mulato aprovechó para abrirse rápida y discretamente la bragueta, éste cogió la mano de la casada y la llevó a su rabo enhiesto mientras le susurraba

– Mire cómo me pone usted, señora

Y cogiendo la mano de Mercedes la llevó hasta su polla, que era ciertamente digna del resto de su físico: en torno a 23 centímetros, gruesa y cabezona, suave y afeitada en su totalidad, incluidos los testículos. Instintivamente la esposa del decano la agarró con la mano – ya eres mía, zorra, sonreí para mis adentros en la oscuridad de mi escondite- mientras respondía a los besos del mulato, y aún se dejó desabotonar la blusa y sacar las tetas por fuera del sujetador – blancas respecto al resto de su piel, un tanto colgantes pero muy apetitosas, con las aureolas y los pezones grandes- antes de recobrar la compostura al inclinarla hacia abajo Danilo con las manos sobre sus hombros, y verse de rodillas frente al tremendo rabo del mulato…. Se incorporó de golpe, murmurando

– Para por Dios, no puedo, yo, mi marido…

Y echándose hacia atrás procedió a recomponer su ropa como pudo, sin atreverse siquiera a levantar la vista. Danilo, que ya sabía que no debía ir más allá – aunque tanto él como yo creemos que de haber insistido bien pudiese haber conseguido follársela esa noche- se apartó a su vez murmurando

– Disculpe señora si la he ofendido. No era mi intención… por favor, no diga nada que podría perder mi empleo

Y abriendo una pequeña puerta que da acceso al lavabo de empleados le dijo

– La espero fuera mientras se arregla

En cuanto Mercedes se encerró en el baño Danilo y yo salimos rápidamente del reservado – a mí me echarían en falta en la barra, y a él en la sala-, pero antes de despedirnos le di un pico, le sobé la polla sobre el pantalón y le dije

– Ya tengo lo que quiero, gracias. No te preocupes que la santurrona no dirá nada por miedo al escándalo, y de tu calentón me ocuparé en cuanto cerremos, semental

Y al cabo de un rato, desde la barra, vi a la mujer del rector salir sola y atropelladamente del local, tras disculparse con sus amigas porque tenía el estómago revuelto. Mientras ponía copas como una autómata el resto de la noche no hacía más que pensar en que tenía que dejar pasar unas horas antes de contactar con ella, para hacerlo cuando la muy ingenua se creyera a salvo….

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