Solo era un viaje de trabajo y termine siéndole infiel a mi marido

Hace unos meses, por mi trabajo, me tocó ir a un congreso a Córdoba. El congreso era un peñazo. Mi empresa me obligó a ir dado que formaba parte de la estrategia de reciclaje de esta. La mayoría del congreso consistía en cursos o bien relacionados con estrategias de realización personal, de coaching, o de adaptación a nuevos ambientes. La empresa había sufrido hace tiempo una reestructuración debido a su adquisición por parte de una gran corporación y la misma consideraba que era mejor gastarse el dinero en este tipo de cursos que lidiar con los problemas que podrían surgir derivados de la adquisición.

Si bien era cierto que el congreso no estaba mal y algunos de los cursos eran interesantes, era un caos. La empresa, en su objetivo de reducir costes incluso en estos cursos, había contratado éstos con otras empresas. Eso implicaba que estábamos mezclados en cursos de diferentes objetivos con gente de otras empresas. Esto podría parecer no problemático, pero la realidad era que en el fondo no tenía mucho sentido pues mezclábamos a gente que, aunque sus objetivos a nivel de puesto de trabajo eran similares, el contexto era diferente.

Aun así, intentamos que esto fuera lo mejor posible por parte de todos pues éramos conscientes de que la empresa realmente trataba de dar lo mejor de sí. El congreso constaba de clases de gestión de conflictos, gestión de personal, coaching en diferentes perfiles, gestión del estrés, etc. Es decir, casi todas las clases eran conferencias teóricas, que en su momento podían tener un componente práctico según la clase.

El miércoles era el último día del congreso. El último día eran talleres prácticos o sesiones muy generalistas. No me apetecía demasiado interactuar con otros, y menos con gente que no conocía, así que decidí ir a una de las sesiones normales, que normalmente consistían en clases teóricas donde el instructor o la instructora hablaban y apenas se metían con el público. Era una clase sobre gestión del estrés. La oradora era una profesora, según su CV, experta en gestión de conflictos en la empresa. Su charla empezó con una introducción de las causas y motivaciones del estrés, tipologías, etc. Aunque muy descriptivo, era muy interesante. Tras una media hora de charla, decidió introducir un ejercicio:

– Muy bien, basta de charla. Vamos a hacer un ejercicio.

Todos nos quedamos fríos, mirándonos unos a otros de lado a lado. La clase apenas tendría 15-20 personas, y estábamos bastante distribuidos teniendo en cuenta el tamaño de la clase.

– Dado que apenas somos 20 personas vamos a tratar de hacer grupos. 4 personas máximo. Tratar de ser por favor al menos 2 chicos y 2 chicas si es posible, dado que veo que más o menos estamos igualmente distribuidos por género.

Todos nos quedamos un poco pillados, pero al rato formamos grupos. Yo me uní a un grupo de 2 chicas y 1 chico que tenía al lado. El chico tendría mi edad, mientras que las chicas eran algo mayores (nosotros tendríamos 25-30 años, mientras que ellas andarían en los 30-35).

El ejercicio consistió en tratar de hacer por parejas un ejercicio de roles, donde había un jefe y un empleado que tenía problemas en su desempeño claramente relacionado con una cuestión de estrés. El objetivo era intentar ver cómo gestionar la situación teniendo en cuenta que el empleado tenía un problema real, y además, podría dar lugar a problemas a la empresa dado que su estrés venía dado por una mala gestión de su trabajo.

El ejercicio fue bien, con buenos consejos por parte del coach, pero creo que ninguno resolvió la cuestión adecuadamente. Lo bueno es que el grupo hizo buenas migas: nos presentamos, nos introducimos (éramos de 3 empresas diferentes; yo era compañero de una de las chicas aunque no la conocía pues trabajaba en otro departamento mientras que los otros 2 eran de empresas diferentes). La otra chica, se llamaba Mónica. Era de otra empresa dedicada a un sector parecido al mío, y con un puesto similar. Enseguida hicimos migas. Ya la había visto en el congreso. La realidad era que me la habían presentado en otra reunión, pues al ser un puesto similar al mío habíamos coincidido. Y creo que ambos nos acordábamos de habernos conocido, aunque afrontamos el ejercicio como si no.

El ejercicio, como digo, fue bien. Reímos, nos pusimos serios, pero lo afrontamos. Estuvimos hasta altas horas de la tarde y nos fuimos cada uno por separado a nuestro hotel. Ese era el penúltimo día, y había una cena que juntaba a todos los asistentes (unos 200) a un sitio de Córdoba.

Me preparé en el hotel. Pensaba en ella. Mi mujer estaba en casa, esperándome, pero yo no me la quitaba de la cabeza. Si, antes de ese ejercicio, e incluso antes de que me la presentaran oficialmente la había visto. Cuando me la presentaron, donde me dijeron que ocupábamos roles similares en nuestra empresa no pude evitar pensarlo. Quiero follármela. Pero, no veía realmente opción. Nos habíamos intercambiado en realidad nuestro email antes. Un linkedin. Y entonces, tras el ejercicio, decidí escribirla y darle mi teléfono. Éramos empresas diferentes pero nuestros roles eran complementarios incluso estando en empresas diferentes. Podíamos ayudarnos.

Me respondió. Obtuve su móvil.

Y entonces, llegó la cena.

La cena fue bien. Muy rica, mucha gente, y mucho alcohol. Pero ella estaba en otro sitio. Yo seguí a lo mío. Tenía cerca a mis compañeros, y sobre todo a muchos chicos que estaban a mi cargo y que, aunque la cena era más social, en cierto modo, sentí que dependían de mí.

La cena acabó. La busqué con los ojos y la encontré:

– Oye, nos vamos todos a tomar unas copas. Creo que casi todos vamos al mismo sitio. ¿Te vienes? – pregunté.

Buscó a sus amigos, buscaba una aprobación. Finalmente dijo que sí.

Todos salimos a la vez. Éramos unos 200, pero casi la mitad desaparecieron. De los 100 restantes, unos 60 aparecieron a mitad de camino para hacerse una foto. ¿Seguimos?

Ella y yo fuimos hablando. Nuestros trabajamos. Que hacia ella. Que hacía yo. Su empresa tenía la sede principal en UK.

– ¿Te has planteado volver? – pregunté yo. En España creo que hay opciones.

– La verdad que no. He mirado, pero ninguna que me compense. Los salarios son menores, y mi carrera no tendría tanta proyección. – contestó.

La entendía. Es cierto que en España era más complicado progresar en nuestra área y conseguir el puesto adecuado. Pero yo le expliqué como podría intentar conseguir una opción que con el tiempo le permitiera estar «bien», aunque no parecía convencida. No sé si quería convencerla por ella o en cierto modo por mí. Me pasa igual siempre: a la gente que me cae bien o que creo que vale, intento en cierto modo tenerla cerca.

Llegamos al principal garito de Córdoba. Quedábamos unos 15. Ella estaba con un compañero de su curro todo el rato. Yo me dediqué a intentar socializar con otros. Copas, copas, y más copas. Una cachimba. Yo estaba cerca de unas chicas y chicos más jóvenes de mi departamento con ganas de juerga. En dos de ellos, veía además en sus ojos el deseo mutuo.

La gente se fue yendo. Cuando me di cuenta quedábamos 6 personas: ella y su compañero, mis dos compañeros (becarios de mi departamento) y yo; y otra chica de otra empresa.

Decidimos ir a otro sitio, a acabar la noche.

Al llegar, la chica de la otra empresa, que claramente iba demasiado bebida, decidido irse. Entramos los 5. Me vi fuera de juego: Mónica y su compañero; mis dos chicos (chico y chica que creo que se gustaban), y yo. Pensé que igual debía irme. Aunque creía que Mónica quería algo, igual me equivocaba.

Decidí entrar y darme un rato. Si no lo veía claro, me iría. Estuvimos un buen rato bailando. Creí que me miraba. Creí que quería algo. Me acerqué a ella.

– No se… igual me equivoco, pero creo que aquí hay algo. – dije.

Ella me miró y giró los ojos buscando a su compañero. Estaba bailando.

– Por qué crees que hay algo? – preguntó.

La miré. Le miré a él. No entendía. Su compañero era de Estados Unidos y no hablaba español. Creía poder hablar más o menos seguro en español sin que se enterara de lo que iba a decir, por estar algo lejos, y por el idioma.

– Porque quizás me equivoque, pero creo que tú y yo podemos pasarlo bien. – dije mientras trataba de cerciorarme que ni mis becarios ni su compañero me escuchaban.

De repente alguien me picó a la espalda.

– jefe, nos vamos, estamos molidos. – me dijo Juan, mientras se señalaba a él y a Sandra.

Los miré. Vi algo. Ambos tenían pareja. Pero creo que ambos querían algo.

– Claro, les dije. Es hora realmente. Yo me iré en breve. – dije, nada convencido claramente.

– Claro claro …. dijo Juan. Bueno, ya hablamos. – respondió. Me miró como me hubiera mirado mi mejor amigo que me conoce claramente. Mirándome, sabiendo lo que quería, pero no diciéndolo sabiendo lo que supondría a nivel de que soy su jefe.

Habló con Sandra, ambos se despidieron, y se fueron.

Quedábamos 3: Mónica, su compañero (Sam) y yo.

Mientras observaba como Juan y Sandra se iban, alguien me agarra:

– What do you want? Do you want any drink? .- preguntó Sam.

Me quedé absorto unos segundos. Si, claro, claro que quería algo. Le dije que un gin tonic. Pidió 3 gin tonics. Nos dio uno a cada uno y se fue al baño.

Entonces Mónica se me acercó.

– Que quieres?. – me preguntó.

– Como que que quiero? .- respondí.

Me miró fijamente. Tenía unos ojos, no solo preciosos, sino, morbosos. Quería follármela. Estaba borracho, pero quería hacerle de todo.

– Si, que quieres. Sam ha ido al baño, tenemos… unos segundos. – dijo.

Entonces la agarré y la besé. La cogí de la cabeza y del culo mientras le metía la lengua. Ella me siguió, aunque veía como estaba pendiente. Me aparté.

– Quiero esto.. y más… ¿cuándo nos vamos?.- pregunté.

Ella se quedó pensando:

– Es la primera vez de Sam en España y creo que quiere más, pero espero que no mucho más. Vamos a darle margen.. – dijo. Y se cortó pues llegó Sam.

Al llegar, Sam cogió su bebida y se bebió la mitad de un trago. Ella nunca quiso que Sam lo supiera, aunque creo sinceramente que o bien nos vio, o bien lo intuyo. El caso es que no tardó ni 3 minutos en beberse lo que le quedaba de su copa y decir que creía que ya era tarde y debíamos volver.

Sam salió delante, y detrás decidimos como organizarnos. Ella me dio su número de habitación. En cuanto nos fuéramos, ella me mandaría un whatsapp para avisarme, e iría.

Cogimos un taxi. El camino, de apenas 5-10 minutos, se me hizo eterno. Quería llegar. Quería que nos despidiéramos.

Llegamos al hotel. En vez de irnos a dormir, nos fumamos un cigarro. Un cigarro que duraría 2 minutos pero que se me hizo eterno. Quería ir a mi habitación y esperar su mensaje. Quería recorrer los pasillos del hotel hasta llegar a su habitación y follármela.

Hablamos durante apenas 2-3 minutos. Todos queríamos irnos. Sam, creo que sabía que queríamos irnos ambos a follar. Yo, sin duda. Y Mónica, quiero pensar que estaba con el mismo sentimiento.

Sam tiró su cigarro: Let’s go!

Ella tiró su cigarro y le siguió. Estaban en otra zona del hotel. Yo cogí el ascensor.

Iba subiendo: primera planta, segunda planta… sin parar de pensar en ella. Salí del ascensor. Recorrí los apenas 40-50 metros hasta mi habitación. Me quité el reloj, saqué la cartera, y dejé ambos sobre el escritorio. Iba a echarme en la cama a esperar cuando recibí un whatsapp: «Ya».

Me puse nervioso. Sabía a qué iba. Estaba borracho, pero quería. Me encantaba. Quería follármela.

Salí de la habitación.

Bajé una planta y recorrí los apenas 30 metros desde el tramo de escaleras que separaba su planta de la mía hasta su habitación casi volando.

Piqué: toc toc.

La puerta se abrió y pasé. Ella estaba detrás. Aún llevaba el mismo vestido. Sin cambios.

No sabía muy bien que hacer… mi intención más inmediata era follármela. Pero algo me decía que debía ir más allá. No solo meterla.

La agarré. Nos empezamos a besar. Le cogí el vestido y le apreté el culo. Menudo culo… empecé a desnudarla hasta que se quedó en bragas y sujetador.

La agarré del culo… empecé a meterle las manos por los lados… la agarré de la raja y bajé hasta tocarle el coño… le metí un dedo. Gimió.

La tumbé sobre la cama y le quité las bragas. Su coño estaba completamente depilado. Me encantaban los coños depilados. Le quité el sujetador. Con una mano… tengo práctica quitando sujetadores.

Empecé a comerle las tetas. Poco a poco. Le metí los dedos poco a poco mientras le separaba las piernas. Trataba de frotarle el coño mientras le comía las tetas. A todo esto, yo, no me había quitado nada.

Ella me para. Me quita la camiseta. Yo quiero seguir y vuelvo a meterle las manos en el coño. Gime. Le gusta. Pero me para, y me quita los pantalones, dejándome solo los calzoncillos, con una erección enorme.

Decido bajarme al pilón. La tumbo completamente sobre la cama. Le abro las piernas, dejando su precioso coño depilado. Me encantan muchas cosas en esta vida, y una de ellas son los chochos depilados. Solo me hubiera faltado que hubiera ido con tacones de tacón de aguja, pero entonces en vez de comerle el coño igual la hubiera puesto a 4 patas y le hubiera comido el culo directamente.

El caso es que la pongo sobre la cama y le abro las piernas y meto mi boca en su coño. Me ENCANTAN comer coños. Me VUELVE LOCO. Y más cuando estoy algo borracho o puesto (como era el caso: borracho). Me lanzo sobre su coño y empiezo a comérselo. Sin parar. Podría haber estado la noche entera solamente comiéndoselo. Si sé que se hubiera podido correr solo comiéndoselo, hubiera estado así toda la noche.

Se lo como sin parar. Pienso en si le gusta. Me encanta. Su coño no solo está rico, si no que parece que le gusta. Parece que sí. Parece que quiere más. Pero la tengo dura… entonces me subo, y se la meto directamente. Sin condón. No debería haber sido así, pero ambos estamos tan cachondos, y en cierto modo, tan seguros de que estamos limpios y no pasará nada, que se la meto.

La realidad es que estaba borracho, y borracho, aguanto mucho más. Porque quería follármela como a nadie, porque estaba perro como nunca, pero el estar borracho me permite aguantar.

Me pongo en vertical a ella y me la follo. Me pongo de lado. La pongo a 4 patas… y sigo follándomela, hasta que ya incluso mi máximo se sobrepasa. La sacó y me corro sobre ella. Quería más. Me jodía. Quería haber estado horas follándomela sin parar. Afortunadamente, estando borracho, además de aguantar más, recupero antes. Al rato vuelvo a estar tonto. Sin embargo, habíamos estado medio dormidos y decidimos que mejor que me vaya.

Ella decide que me acompaña.

En el pasillo, a apenas 2 metros de su puerta, nos ponemos cachondos.

– ¿Y si vamos a follar a la terraza?- le digo.

La terraza de ese hotel era impresionante, y desde luego la oportunidad de follar allí, no iba a serlo menos.

Decidimos ir a la terraza. Recorremos dos pisos hasta arriba, y nos encontramos que está cerrada.

– ¿Qué hacemos? – pregunta.

– Volvamos a mi habitación. – respondo.

Bajamos de nuevo hasta mi planta y recorremos los 60-70 metros desde el tramo de escaleras a la misma.

Una vez dentro, ella se quita el vestido. Ya no había bragas, no había sujetador. Y se tira sobre la cama.

Me tiro sobre ella, y empiezo a besarla y lamerla. Pero yo ahora quiero más.

Me acerco a ella, me acerco a su cara y le pongo la polla cerca.

Me mira, sonríe, y la agarra. Empieza a cascármela y se la mete en la boca. Me la chupa. Una de las mejores mamadas, que, ya contaré en otro momento, se repetiría unas semanas después en un parque de Madrid. Sigue chupándola, pero la saco.

Vuelvo a intentar metérsela, pero la pongo de lado y le abro las piernas.

Intento metérsela en el culo. Ella gime, me mira, y dice: ¿tienes lubricante

No lo tengo.

Me escupo en la mano y lo intento de nuevo, pero no puedo. Ella hace por intentarlo, pero no se puede.

Decido entonces volver al coño.

La pongo de nuevo a 4 patas y empiezo a follármela. Ella gime sin parar.

Continuamos durante un buen rato, cambiando de posturas, hasta que me corro, en su cara. Nos dormimos.

A las 9:00 de la mañana mi despertador suena. Me levanto, me ducho, y me voy. Le doy un beso y la dejo durmiendo.

No sería nuestro único ni último encuentro, pero si probablemente el que ambos mejor recordaríamos por ser el primero.