Soy una puta sin remedio

A mí me gustaba ese hombre. Me gustaban sus formas y sus maneras. ¿Qué pasa, que a una no puede gustarle un hombre? Es verdad que estaba casado, pero ¿y qué? ¿Es que no puede a una gustarle un hombre casado? ¿Se tiene una que tapar los ojos porque otra esté casada con él?  Eh, dime mamá, ¿se tiene una que tapar los ojos? ¿Tiene que tragarse lo que le gusta? Mi madre no hacía más que reprenderme, todos los días igual. Que si los hombres por aquí, que si los hombres por allá, que si los embarazos no deseados, que si estás en una edad muy mala y no sabes nada de la vida…  ¡A mí me gustan los hombres, mamá, no sé si te has enterado! ¡Me muero por una polla! Es lo que me hubiera gustado gritarle. Es lo que le gritaba en silencio cuando la desafiaba con la mirada. Me miraba en el espejo y me decía: La que está en una mala edad es ella.

A mí me gustaba ese hombre. Me gustaba su figura, su cara, los músculos que se escondían debajo de la camisa, el paquetorro que mostraba en los vaqueros, la manera que tenía de estar y esa especie de desprecio con el que me miraba: «¿de qué vas por la vida, muchacha?». Yo quería a toda costa vencer ese desprecio, que se convirtiera en atracción hacia mí. Lo quería, lo ansiaba. Me vestía muy ceñida y escotada y me hacía la encontradiza en la calle más angosta del pueblo, lo miraba con descaro: «quiero folllar contigo», «quiero que me rompas el coño», los escasos segundos de cruzarme con él. Movía las caderitas con toda la gracia que podía y miraba para atrás cuando ya lo había sobrepasado a ver si me estaba mirando. No había suerte, pero yo no iba a dejar de intentarlo. Porque me gustaba, me gustaba mucho ese hombre.

Esto no quería decir que yo no pudiera follar ni hostias, no es que fuera un engendro que no se comiera una rosca, todo lo contrario. Había cientos de candidatos, miles, si me ponía a pensar, pero yo en ese momento quería hacerlo con ese hombre y no con otro. Conocía su nombre y hasta su nombre me gustaba. ¿Por qué no iba a poder hacerlo con él? ¿Porque estuviera casado? ¿Porque fuera mayor? ¿Porque tuviera un bebé con la tía más repugnante del pueblo? Si mi madre lo supiera no dudaría en arrearme un sopapo, como si lo estuviera viendo, por eso yo le gritaba esas preguntas solo con la forma de mirar. Ella, como si se lo imaginara, bufaba por la nariz como los toros, me mandaba con la voz afilada como un cuchillo:

-¡Quítate esa ropa y ponte algo decente!

-¡Me visto como me da la gana, me oyes, como me da la gana!

«Como me sale del coño», hubiera añadido, si no fuera porque el sopapo vendría detrás.

Tenía varias maneras de verlo: cuando salía a pasear con «su señora» o en alguna de las tiendas. Su señora era la tipa más despreciable que se puede imaginar. La odiaba. Si de algo me valiera, le retorcería el pescuezo.

En las tiendas era más difícil coincidir pero yo lo intentaba. Me lo había topado un par de veces en la panadería y era fija yendo a por el pan. No conseguía nada, más que me echara otra de aquellas miradas de desprecio, de altanería de hombre. Un sábado convencí a mis amigos para que fuéramos a tomar una cerveza al mismo bar donde iban ellos. Me costó, porque nosotros no íbamos a bares y menos de esa categoría. Nos sentamos en la terraza al anochecer, estaba prácticamente vacía. El camarero ya nos miró con extrañeza, pero no puso ningún reparo en servirnos. Tuve la suerte de que se sentaron en una mesa de al lado. Llegaron con otras dos parejas. Él me echó una ojeada rápida, como para decir: Ah, que estás aquí… Y yo se la devolví: Pues claro, ¿qué te piensas? Tuve la gran suerte de tenerlo enfrente y de que fuera fácil mirarlo. Él solo dejaba escapar de vez en cuando una miradita hacia mí. Yo me había puesto un vestido corto -escandalosamente corto para mi madre- y llevaba todas las piernas al aire. Las tenía bien cruzadas y movía la de arriba columpiándola sobre la de abajo. Lo miraba de vez en cuando. Él me miraba a mí solo en algún intervalo de la conversación, pero lo hacía. Como quien no mira, como si lo que estuviera viendo fuera una piedra, pero yo sabía que no. Que esas piernas cruzadas con el vestido tan corto no le podían pasar desapercibidas. Yo lo sabía porque miraba y enseguida apartaba la vista, como si le molestara lo que veía. Yo solo movía la pierna de arriba, como si la fuera a desmontar de la otra en cualquier momento, y le captaba la mirada cuando dirigía sus ojos a mí. «Has caído -me decía-, no has tenido más remedio que mirar». «Te está bien empleado, por altanero». Fui al aseo del bar. «Sé que me estás mirando el culo, lo sé». «Lo que tienes que hacer es venir detrás de mí». «Ven, si tienes lo que tienen que tener los hombres». Me metí en el aseo y no eché el cerrojo. No quería hacer nada, solo imaginarme que venía detrás. Solo imaginarme que venía detrás y me echaba mano y me atrapaba me hizo estremecerme de los pies a la cabeza. Me subí un poco la falda y tiré para abajo de la braguita. Me pasé una mano por ahí. Toqué con un dedo y me lo llevé a la nariz. Olía a querer follar con él.

En mi cama soñaba con cogerlo de la barba y meterle la lengua hasta el estómago, en tragarme hasta el último centímetro de su polla, en que me aplastara sobre la cama como una pegatina, y me venían unos orgasmos salvajes. La ensoñación era tan real, que sentía su peso encima de mí, su miembro penetrarme hasta lo más profundo de mis entrañas. «Penétrame», «penétrame», decía yo en susurros cuando notaba que me venía. Luego sentía una pequeña decepción, solo eran mis dedos y mis deseos irreprimibles. Soñar solo valía para desearlo todavía más.

A la mujer le hubiera pegado dos guantadas y me habría quedado tan fresca. Qué tipeja más despreciable. Cuando iban juntos, paseando, me miraba con asco de tía superior a la que le miran su propiedad privada. Con ganas le hubiera espetado: ¿Qué pasa, tía, te incomoda? Pues te aguantas.

Volvimos a coincidir en la panadería, menos mal que allí no iba con su mujer. Me había hecho una trenza en el pelo. Llevaba un top abierto por abajo y un pantalón de algodón muy ceñido. Entré yo y detrás entró él. Se puso a mi lado, delante del mostrador, y me temblaron las carnes. Había llamado a la panadera al entrar pero la panadera había dicho ¡Voy! y no acababa de salir. Lo miré de reojo, él no hizo intento siquiera. Miraba hacia el interior de la panadería como si estuviera solo. Pero solo no estaba, él lo sabía. Yo estaba allí y estábamos por primera vez a solas. Joder, había una diferencia de estatura. ¿No podría ser yo un poquito más alta? Dios me podría haber dado unos centímetros más. Lo tenía tan cerca que lo podía oler. Olía a una colonia fuerte de hombre. Llevaba los sempiternos vaqueros y ese paquetón que le sobresalía. Le negreaba la barba cerrada aun estando afeitado. Podría haber hecho algo. No sé…, tocarme el culo, por ejemplo. Si me hubiera tocado el culo me hubiera derretido como un queso.

La panadera apareció y me atendió a mí primero. Me fui sin que él se dignara mirarme. No digamos ya dirigirme la palabra. Pero a mí me gustaba mucho ese hombre, mucho. No sabía su puta mujer cuánto. Porque su mujer debía de ser puta. Una puta redomada que se lo follaba a cada rato para que no tuviera ganas de hacerlo con nadie. Ya le había hecho un bebé y se los haría a pares si no dejaba de follar con él. Así le valiera.

Me miraba al espejo y pensaba qué tenía yo para que sintiera atracción por mí. Yo no tenía demasiado, aunque sí lo suficiente. Una boca pequeña, una nariz recta, unos ojos grandes negros. Lo que menos me gustaban eran las pecas; me hacían menor de lo que era. Me había comprado una falda nueva y un top y me los probé. La falda de un color rosa casi naranja y el top crema. Me quedaban muy bien, me encantaban cómo me quedaban.

Fueron las fiestas. Estaba ilusionada con poder verlo esos días. La verbena y las atracciones las ponían en un sitio al que llamaban la Pradera. Yo bailé en la pista para él todo el rato. Me movía por el ferial atestado de gente solo para pasar por donde estaba. Él se diviertía con sus amigos y con ese cardo que tenía por esposa. Yo pasaba por su lado y me restregaba con él, él me miraba y levantaba el vaso para que pasara. Aunque estuviera bailando o haciendo cualquier otra cosa, no dejaba de estar pendiente de él, de lo que hacía en cada momento. Una de aquellas, lo vi encaminarse hacia los aseos y yo hice lo mismo. Montaban dos grupos portátiles y yo me dirigí al de chicas mientras él al de chicos. Me miró y yo ya con eso me di por satisfecha. Me metí en uno de aquellos aseos aunque no iba a hacer nada. A la salida estaba él esperándome y casi se me sale el corazón por la boca. Me cogió del brazo y tiró de mí pradera adentro con rapidez, hacia la oscuridad. Andamos sin decir nada un buen trecho, hasta donde la pradera desciende hacia el río y empiezan los árboles. Solo lo escuchaba a él respirar fuerte y la música. Tenía miedo y estaba incómoda por la manera en que tiraba de mí pero en ningún momento pensé en resistirme. Me dejé llevar, arrastrar. Todo fue muy rápido. Tan rápido, que casi no me di cuenta. Tumbarme y echarse encima, un pequeño forcejeo con la ropa, penetrarme brutalmente, jadear como un animal y marcharse. Luego, después de que todo pasó, busqué mis bragas a tientas entre la hierba en vano. Me toqué y tenía los muslos chorreando de un líquido espeso y pegajoso. Me había dolido y ahora empezaba a escocerme. Me levanté para irme a casa, no podía volver a la feria en ese estado. Di un rodeo para no pasar por el ferial. Me costaba trabajo andar, me escocía bastante. Estaba realmente dolida por la forma en que me lo había hecho pero a la vez contenta de haberlo conseguido. Lo había conseguido. Había conseguido llevármelo al huerto, eso era lo importante. Todavía llevaba en las manos el pegajo de ese líquido y pensaba que ese líquido era él y que su polla lo había derramado por mí. Días después, me masturbaba acordándome no de lo que hizo, sino del semen que dejó en mis piernas.

Su apestosa mujer tenía ahora un buen motivo para odiarme y pensaba darle más. Trabajaba por las tardes en una escuela de idiomas, qué fisna y cultivada ella. Sabía, entonces, que por las tardes se quedaba solo en casa. Aprovecharía esa circunstancia. Me armé de valor, quería echármelo a la cara. Llamé a su puerta hecha un manojo de nervios, mirando para un lado y otro de la calle. Tenía preparada una excusa por si acaso. Enseguida abrió y me hizo entrar, cerró la puerta. Me miró y me preguntó a qué se debía mi visita, yo le respondí que para darle un recado. Él me preguntó cuál era el recado, yo le arreé dos bofetadas. Con una mano y con la otra. Primero una menos fuerte y luego otra más fuerte. Estábamos en el zaguán y sonaron bien. Agaché la cabeza para no mirarlo.

-¡Oh, bien! ¡La nena tiene carácter!

Le oía resoplar, oía mis propios latidos.

-¿Es eso lo que querías? ¿Ese era el recado? Pues muy bien, ya me lo has dado, ya te puedes largar.

Pero no hizo ninguna intención de abrir la puerta.

-¿O es que quieres algo más?

Sus preguntas también resonaban en el zaguán. Yo no quería mirarlo.

-¿Es que no tuviste bastante?

Me cogió del brazo. Me lo tomó con mucha fuerza.

-Di, ¿es que no tuviste bastante?

No. No tuve bastante. No fue nada. Menos que nada.

-Ven. Me vas a decir qué es lo que quieres.

Me entró dentro de la casa, me empujó escaleras arriba.

-Me vas a decir qué es lo quieres.

Como si no lo supiera. Entramos en un dormitorio, me echó sobre la cama. Me bajó la ropa que llevaba puesta, mis mallas preferidas, y las bragas, arrastrándolo todo a la vez, pero no podía sacármelas por los pies por las zapatillas. Yo misma me quité las zapatillas. Él se desabrochó los pantalones -el tintineo del cinturón-, y se arrodilló en la cama. Se había bajado los calzoncillos y tenía la polla en ristre. Yo no podía dejar de mirarla. Una polla surcada de venas, curvada hacia arriba, con una cabeza brillante y amoratada.

-Ahora me vas a decir qué es lo que quieres.

Me alargó una mano al pubis y me refregó el clítoris con el pulgar. Se acercó hasta que estuvo muy cerca de mí. Tiró de su polla hacia abajo y me la acercó al coño, me tocó con ella ahí. Se arrellanó, me sujetó de un cachete del culo y me la metió.

-¿Es esto lo que quieres? Di, ¿es esto?

 Sentí invadirme el cuerpo algo potente, fuerte, duro, feroz; pronto sabroso, muy sabroso. Apoyó su frente sobre la mía. Yo aproveché para darle boca. Le di boca como una nena buena y él se la tomó. Eso es lo que yo quería. Me dio lengua y yo entonces me volví salvaje, y él loco ambistiéndome por ahí abajo. Me venían olas de gusto de todo el cuerpo y se revolvían ahí, crecían y se multiplicaban. «ESTO», es lo que yo quería. La nena era pequeña, frágil, y él muy grande, fuerte, pero le demostraría todo lo que era capaz de darle. Lo cogí de la cara, la cara me raspaba como una lija pero yo se la lamía como una mala puta, mientras él me la quería meter hasta el gaznate. Eso es lo que yo quería. Quería tenerlo ahí, dentro de mí, enloqueciendo del gusto; hacerlo MÍO. Moví el culo como había visto hacer en una película y él bramó como un animal. Aceleró a todo meter y en mí esas olas que me venían se hicieron más y más seguidas. Y más, hasta que se convirtieron en una sola y grande, gigante, que me envolvió por completo, me arrasó, me estremeció hasta el tuétano.

Él se había retirado y la había sacado de mí y se había corrido entre mi barriga y mis tetas. Me las había puesto perdiditas de leche. Yo se la había agarrado por la curva y se la apretaba en el centro. No podía dejar de mirarla, me subyugaba. Era una torre dura de carne que vibraba y latía. Se agitaba retrayéndose a veces y echaba una nueva gota que no llegaba a caer, sino que se deslizaba por ella misma hasta llegar a mi mano. Yo apretaba sin querer y la polla tenía un nuevo impulso, y aparecía una nueva gota. Le miraba la cara congestionada, la barba espesa y la boca medio abierta. ESO, eso es lo que yo quería.