Un poco de sexo lésbico entre primas

Ven a mi regazo dijo. Y mientras alargaba los brazos a mis hombros, me aparté el pelo de medio lado para sentir los latidos de mi prima; el único consuelo que me podía proporcionar ese cálido sonido rítmico. Y se aceleraba más y más su corazón que animaba mi triste alma. Desaparecieron las lágrimas de mis mejillas y el recuerdo de aquel hombre que un día prometió amarme. «No te merece, no te merece…» repetía susurrando. Y me lo empecé a creer. No me merecía.

Cada centímetro de mi cuerpo que le proporcioné, cada gemido en su oído, cada arañazo en su musculada espalda; nada. No era suya por más que lo intenté. Y es que ahora me encontraba en el verdadero hogar de una mujer. «No, nunca me mereció. Ahora lo sé» admití. Y sus ojos se abrieron como platos. Dos grandes lunas grises me miraban, algo confusos, cuestionando mi respuesta, tratándola de incompleta. Aparté entonces un mechón de su oscuro cabello que se enredaban por sus pestañas y se posaba en sus labios, entreabiertos, que inspiraban el aire caliente que sonrojaba mis mejillas. «A qué te refieres cuando dices: ahora» dijo pausada, cuidando sus palabras. «Sencillamente a que me ha torturado los últimos tres años y que tú me has curado con tan solo un abrazo». Me aparté avergonzada de mis propias declaraciones. Quizás las malinterprete, quizás me mire como un bicho raro. «No te apartes, acércate más. Quiero seguir curando tus heridas». Metió su indice derecho en el cuello de mi camisa, rozó mi pecho y desató el primer botón dejando entrever mi sujetador que contrastaba con mi blanca piel. La miré asustada, como un cachorro perdido en el bosque, mas no retrocedí ni un centímetro. Me había convertido en el deseo de aquella mujer que creía conocer bien.

Se deslizó ocho centímetros más abajo, con su indice de nuevo, hasta llegar al siguiente pequeño botón. Temblé, creo recordar, y cerré los ojos esperando a que lo desatara. Y así fue, con un leve gesto burló el cierre de la camisa entallada que llevaba. Abrí de nuevo los ojos y fue realmente gratificante ver como no separaba su mirada de mi pecho ya casi descubierto.

Sabía que el encaje era sexy, pero no era mi lencería la protagonista de su perversión, sino mi pecho; pecho que esculpía mi figura; pecho que ardía en ese momento por un deseo incomprendido. «Eres preciosa» susurró «Incluso así, sonrojada». Estaba en lo cierto, al igual que mi pecho ardía, mis mejillas estaban en plena ebullición. Volvieron los ocho centímetros de distancia hasta el otro obstáculo a mi desnudez. Ejecutó de nuevo el desatar, como en un ritual: Desabrochaba, alzaba la mirada y volvía a recorrer con su dedo el filo de la camisa. Llegó al fin a mi ombligo. Era excitante. Me hacía cosquillas. Contraje el abdomen por los escalofríos que me provocaba. Eso me recordó a una imagen muy inocente que guardaba con cariño en mi memoria: Años atrás, casi con el mismo patrón de conducta, ella me cuidaba debajo de la mesa de la cocina de la que por entonces era mi casa. Mi pez de colores había muerto y lloré desconsolada toda la tarde. Ella me preparó torpemente la merienda. Creo recordar que teníamos entre seis o siete años. Tras merendar, me apartó las migas de la cara, y debido a mi sonrisa, se pasó horas acariciándome. Fue un acto de amistad e inocencia de una niña. Esto, desde luego, no lo era.

«¿Te atreves a acercarte? No voy a hacerte daño». Sonaba convincente. Y me acerqué con el torso descubierto. Deslizó su mano derecha por mi clavícula, caminó con sus dedos, jugueteando, por mi cuello hasta mi oreja. Palpó delicadamente los finos pendientes de oro blanco que llevaba. «Me los regaló él. Son muy caros» dije desacertadamente. «Bien» suspiró «pero lo que te voy a hacer hoy no tiene precio». Entrelazó sus dedos en mi pelo, tiró hacia atrás y lamió con dulzura la curva que conectaba mi hombro con mi mandíbula. Nunca me había sentido así, como un delicado manjar. Como un buen vino en cristal de Bohemia, en manos de una verdadera experta.

¿Dónde estaba? No lo sé, pero era ahí donde quería estar. Su lengua no dejaba de trazar pequeñas líneas, finas, curvas algunas, húmedas, en mi piel. Empezó a intercalar su lengua con sus labios. Me daba pequeños besos, a modo de camino, debajo de mi mentón. Paró, me pilló por sorpresa. Asombrosamente no quería que terminase ahí todo. Abrí los ojos y vi que se levantaba lentamente.

Se acercó a la colección de botellas de la estantería de enfrente. Titubeó entre las etiquetas hasta elegir una, un vino de Burdeos, Château Margaux, creo recordar. Lo descorchó con gran soltura. Desde luego esas manos estaban hechas para abrir… y hasta ahora no me había fijado. Recogió de los estantes dos grandes copas, rellenó apenas unos centímetros y me cedió una copa. «¿Quieres emborracharme?» dije. «No creo que lo necesite, sinceramente» contestó hábilmente. Maldita sea, tenía razón. Me había metido en un callejón por mi propio pie y desde luego que no quería encontrar la salida. Estaba dispuesta a que una persona que conocía desde años, mi mejor amiga, mi compañera de clase en los años de escuela, mi confidente, mi cofre de secretos, me hiciera el amor; allí mismo, en el sofá de su casa, casa donde irrumpí con el corazón roto buscando consuelo. Me sentía egoísta y aturdida.

¿Por qué yo? ¿Por qué esto? Jamás me lo habría imaginado de ella. Sé que tuvo algún hacer amoroso, aunque últimamente no salía con nadie. De las dos, ella siempre fue la más reservada. Pero siempre imaginé que sus escarceos eran, naturalmente, con hombres. ¡¿Qué me iba a imaginar si no?! Me asombraba, pero el vino estaba delicioso y despertaba mi curiosidad. «Está rico. El vino, digo» rompí el silencio. «Has vuelto a la tierra al fin. Estabas muy pensativa, muy preciosa. Sí, está rico; tú lo estarás más». Esas palabras… esas palabras no eran para mí. Nunca me había sentido tan halagada.

Se acercó, me quitó la copa de la mano y la posó en la mesita. Ella estaba enfrente de mí. Su ombligo estaba a la altura de mis ojos. Posó sus manos en mi frente y retiro mi pelo detrás de mis orejas; la miré y posó sus ojos en mis ojos. Mis manos inexpertas decidieron actuar. Metí mis curiosos dedos por debajo de su camiseta mientras no dejaba de mirarla. Esbozó una sonrisa maliciosa y optó por ayudarme. Desnudo su torso y descubrí que era increíblemente suave y terso. Nunca la había tocado con deseo, mas si la vi desnuda mil y una vez, pero nunca así, totalmente sensual y entera para mí.

Me levanté dudosa del sofá y me acerqué a ella. Nuestros pechos recubiertos de fino encaje (aún) se rozaron, entrelazamos nuestros brazos, mis dedos en su pelo cayendo por su espalda, sus manos agarrando con fuerza mi trasero, apretándose a mí. Al fin nuestras narices se juntaron, entre suspiros entrecortados. Ella trataba de disimular una sonrisa, pero le era imposible. Por ello me vino a la mente el pensar cuánto tiempo llevaba deseando esto. Yo nunca me lo planteé, pero por cómo se comportaba podía ver que esto lo deseaba desde hace tiempo. ¡Oh Dios mío! Yo también quiero curar sus heridas. Me abalancé bruscamente a sus labios, la agarré de su hermosa cara, y la besé (o me besó) como si mi único alimento fuera su saliva, como si mi único aire fuera su aliento.

Recuerdo su lengua como un jugoso apéndice rosa entrelazando la mía. Húmedas y cálidas. Sus labios solapaban los míos y sus perfectos dientes los atrapaba de vez en cuando con suavidad; siempre con suavidad. Lógicamente, imberbe, apoyaba su mejilla contra la mi mejilla cuando alcanzaba a besarme el lóbulo con el carísimo pendiente. «No sabes cuánto deseaba esto, Adri» dijo con razón, porque no, no lo sabía. Pero quería saberlo, quería curarle y devolverle todo aquello que me dio sin pedirme nada a cambio durante años. Debió ser un auténtico infierno aguantar mis pataletas por hombres que me destruían por dentro mientras ella asentía a ayudarme cada vez que lo necesitaba.

«¿Cuánto lo deseabas?» pregunté entre besos «Lo suficiente como para hacerte el amor aquí y ahora. Ven aquí». Me agarro la cara. Sus besos eran intensos, los más intensos que me dieron hasta ahora, quitando, claro, la violenta ráfaga de «besos» cargados de testosterona que me daba mi exnovio. Era gratificante ver cuánto me necesitaba. Era pasión en estado puro. «Voy a desnudarte» me susurró, y me sentí libre.

Se aferró a mi espalda buscando el broche del sujetador de encaje negro que llevaba. Con un leve “click” la lencería se desprendió de mi pecho. Los tirantes se deslizaron por mis brazos a modo de caricia. Cosquillas. Se me erizó la piel. Al verme casi plena, se abalanzó a mi clavícula con sus labios, y comenzó a besarme por el pecho, entre mis senos mientras los acariciaba tímidamente con la yema de sus dedos, mi ombligo… hasta llegar a la fina línea del encaje asomando por mis vaqueros. Desabrochó el gran botón plateado «Levi´s Jean», bajó lentamente la cremallera. Alzó la mirada a mis ojos. Esto era increíblemente excitante: verla arrodillada en mi vientre, inspirando aire caliente. Bajó con decisión mis pantalones. Me empujó levemente y me dejé caer al sofá mientras ella me desabrochaba los botines y terminaba de quitarme los Jeans.

Se acercó a gatas, felina, a mi entrepierna, y con sus dedos repasó el dibujo de mis braguitas. Inspiré. «Muy bonitas, ya me las dejarás un día» dijo bromeando. «Cuando quieras…» ¡OH, DIOS, AHORA! Pues no dio tiempo a que terminara la frase: introdujo sus dedos por uno de los lados y tiro con fuerza hasta que las braguitas quedaron en mitad de mis muslos, a modo de liga. Me quedé aturdida, tanto, que perdí la noción del tiempo y de la realidad; pero la necesitaba tan cerca… «¡Ven aquí!» ordené. Por primera vez mis deseos se hicieron realidad a la primera, después de tantos años de desamores.

Me tumbó en el sofá, terminó de quitarme la ropa interior, se desabrochó los pantalones y se colocó a mi lado. Entrabamos muy juntas, pero era maravilloso sentirla tan de cerca, tan cerca como nunca había estado. «Vamos a ir despacio, no te preocupes. ¿Tienes frío? ¿Quieres que te tape?» «No» dije «Solo bésame». Volvió a obedecer mis órdenes. Si hubiera sabido esto hace dos horas, lo hubiera dado por imposible, una auténtica locura sin sentido. Pero esto era real. «Aquí y ahora» como ella dijo. Sus besos me reconfortaban, sus manos por mi cuerpo desnudo, trazando mis curvas; todo era perfecto o casi, porque yo también quería más, mucho más. Quedaba toda una noche para nosotras.